
Debería volver en punto cruz por la trama del bordado, hasta el primer instante de enhebrar la aguja. Temblaba el acero invisible entre sus dedos y el ojo inquieto no se dejaba enlazar por la hebra azul para una continuidad de cielo sobre la tela.
Ella disfrutaba tanto de enseñarme a bordar que nunca le hice saber que cada puntada, era para mí, una penitencia. Yo prefería hilvanar palabras, aunque los nudos de metáforas y el ovillo de la rima, se me enredaban tanto como las filigranas del bastidor.
Era tan paciente y testaruda que se sentía satisfecha si yo lograba una hilera completa de cruces prolijas.
Sonreía con sus encías despobladas y yo me abstraía de sus arrugas, mirándola como una criatura entusiasmada. Manejaba la secuencia del cañamazo hasta lograrle un latido a sus pájaros bordados, porque con un solo soplo le daba otra vida a sus labores.
Heredé su costurero.
Una vieja lata de té como un tesoro de dedales y alfileres, un puñado de botones desiguales, su escala de agujas, serpentinas de puntilla, una tijera china desafilada, y un patrimonio de hilos intangibles que pespuntan el lienzo de mi vida con aquellos colores agotados
del libro “Como racimo de abejas”